Cada febrero, Arequipa parece atrapada en un ciclo de “déja vu”. Las imágenes de las torrenteras reclamando su cauce en Yanahuara, Paucarpata y el Cono Norte no son solo postales de un desastre natural; son la manifestación física de una gestión pública que se ha quedado anclada en el siglo pasado.
La reciente visita del presidente Balcázar y su equipo ministerial a nuestra ciudad cumple con el protocolo de la emergencia: la vista exprés en campo, la declaratoria y la promesa de ayuda. Sin embargo, quienes entendemos la dinámica de la inversión pública sabemos que la solución no llegará en un camión de víveres ni en un decreto de urgencia firmado bajo la presión del lodo. La verdadera crisis de Arequipa no es la lluvia, es la desconexión técnica.
Como economista, observo con frialdad las cifras de ejecución del gasto. Resulta paradójico que, mientras familias enteras pierden el patrimonio de toda una vida, existan distritos que cierran sus años fiscales devolviendo recursos al Tesoro Público o, peor aún, priorizando el “maquillaje” de veredas y plazas sobre la infraestructura invisible que realmente salva vidas.
Gestionar no es gastar por gastar; es invertir con sentido de oportunidad. Un alcalde que improvisa y no entiende de ingeniería financiera está condenado a repetir los errores de sus predecesores, transformando la administración en una simple oficina de trámites y no en un motor de desarrollo.
La ingeniería moderna nos ofrece hoy lo que la política tradicional nos niega: defensa activa. No necesitamos muros que solo desplazan el problema al vecino; necesitamos sistemas de mini presas en cascada (diques sabo) en las cabeceras de cuenca. Necesitamos ampliar el cauce y la faja marginal, profundizar los cauces con secciones de concreto armado donde ya no hay espacio para ensanchar. Es el paso de la reacción emocional a la prevención racional.
Arequipa está en un punto de quiebre. El ciudadano ya no busca culpables, busca capacidad.
Ya no quiere discursos, quiere resultados que se sientan en la tranquilidad de su hogar cuando el cielo se oscurece. Necesitamos líderes que miren los planos y los presupuestos con la misma firmeza con la que se mira al futuro. Menos ruido político y más silencio técnico. Porque, al final del día, la gestión no se mide por las fotos en la emergencia, sino por las tragedias que logramos evitar.