Hace unos días, se prendió la hoguera política, por el viraje de las cifras y, entonces, el fuego, iba creciendo de a pocos y, los organismos electorales, a la velocidad de los quelonios, también, hacía que la espera desespere a los 34 millones de peruanos que necesitan ya los resultados oficiales. Pero estos dos organismos, dizque, autónomos, intentaban alargar el proceso; claro, ellos sabían que las cifras se revirtieron.
En ese momento hubo personas que se esforzaban, histriónicamente, por contener su alegría desbordante, al saberse triunfadores - qué importa si solo fuese por un puñado de votos- Mientras que, en el otro lado, el grito de euforia, se ahogó; claro, es muy cierto lo que dice el poeta: “es muy poco lo que dura, en los felices, el llanto y, en los tristes, la ventura”. Lo trascendente para el fujimorismo, era lograr el poder en su punto máximo, o sea, el poder en el clímax del poder. Mientras los sufridos seguidores de Sánchez, observaban como el río color naranja, en los últimos días, incrementaba su caudal con afluentes de varios sectores:
1.- encuestadoras, 2.- medianos y grandes empresarios, 3.- fanáticos apologistas instalados en los medios de comunicación, 4.- delirantes distribuidores de odio y vil desprecio por los pobres del Perú. Pero, ¿Qué culpa tienen los pobres?; su entusiasmo fue una lagrimilla, se apagó súbitamente, en las 14 regiones donde votaron por JP. Y, aunque no hubiese sido Sánchez, cualquier otra alternativa, la sentían mejor.
No olvidemos que la pobreza sigue creciendo en el Perú y, la pobreza, no es una fatalidad, es una injusticia que Dios no quiere; la pobreza se acentúa en las poblaciones rurales, donde no llegan los políticos. Ojalá, algún día, pudiesen leer la “Teología de la Liberación” de Gustavo Gutiérrez, quien explica por qué los pobres deben tener la preferencia, por qué el humilde y empobrecido campesino sufre, suda y llora cultivando la “Pachamama”, para que disfruten los de arriba, con el trabajo de los de abajo.
Relativamente feliz, la candidata fujimorista, viajó al extranjero; sabiendo que, ganar por un mínimo porcentaje, en realidad, no es un triunfo. El Perú está fragmentado, es como un espejo roto en mil pedazos. Ahora su tema se focaliza en la composición en el Congreso. Hará alianzas y coaliciones, incluso con representantes de la izquierda dividida, inestable y cambiante, que no ha generado confianza y, por enésima vez, desperdicia la oportunidad de protagonizar el cambio que necesita el Perú.
Hay 14 regiones que, contrariadas por la ausencia y el deliberado abandono del Estado, se han empobrecido más, desde el 2016. El fujimorismo, así como podría desarrollar un gobierno para todos los peruanos - anhelo muy difícil- también, es una probabilidad, absolutamente peligrosa, para mantener la paz social y la democracia, en caso su tan pregonado ”orden”, signifique represión.