Para los católicos, junio es el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Ese corazón traspasado en la cruz por la lanza del soldado romano (Jn 19,34), sobre el cual el profeta Zacarías había anunciado: «mirarán al que traspasaron» (Zac 12,10) y muchos han escrito y predicado desde los inicios de la Iglesia hasta nuestros días. Así, por ejemplo, san Agustín enseñó que «en el costado de Cristo fue como abierta la puerta de la vida, de la cual brotaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la verdadera vida» (Comentario al Evangelio de San Juan 120,2). Siglos después, en el año 1932, cuando el mundo entero pasaba por una grave crisis económica y moral, que el Papa Pío XI calificó como la peor calamidad después del diluvio, el mismo pontífice exhortó a la Iglesia a recurrir al Corazón de Jesús, «a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia en el socorro oportuno» (Caritate Christi compulsi, 32). Y más recientemente, el papa Francisco dijo que «el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios, pero no es un símbolo imaginario sino un símbolo real que representa el centro, la fuente, de la que ha brotado la salvación para la entera humanidad» (Angelus, 9.VI.2013).
Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, tiene un corazón humano inflamado de amor divino. Confiada en ese amor misericordioso, a lo largo de los siglos la Iglesia ha recurrido a su Sagrado Corazón en momentos de especial dificultad. También ahora quisiera invitarlos a recurrir a Él para pedirle por nuestro Perú que, como es sabido, desde hace ya demasiados años está atravesando uno de los tiempos más difíciles de su vida republicana.
Como lo viene demostrando el actual proceso electoral, nuestro querido Perú está fracturado y polarizado. Seguir así sería condenar a nuestra patria a un terrible fracaso. Dejémonos colmar por el amor de Dios y, guiados por Él, trabajemos unidos por el bien común de la nación. Contemplemos el Corazón de Jesús, abierto por la lanza de nuestros pecados, pero no lo hagamos como un acto meramente devocional y vacío de contenido sino como un acto de fe a través del cual reconozcamos que también nosotros, con nuestro corazón humano, estamos llamados a amar con amor divino. Optemos por el amor que se exprese también en «las relaciones sociales, económicas y políticas» (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 2).
Como nos pidió el papa Francisco: «Mientras vemos que todo tipo de intolerancias fundamentalistas dañan las relaciones entre personas, grupos y pueblos, vivamos y enseñemos nosotros el valor del respeto, el amor capaz de asumir toda diferencia, la prioridad de la dignidad de todo ser humano sobre cualesquiera fuesen sus ideas, sentimientos, prácticas y aun sus pecados» (Fratelli tutti, 191). Elevemos nuestra mirada al Corazón abierto de Jesús en la Cruz, del cual, como ha escrito el Papa León XIV en estos días, «brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano» (Mensaje, 12.VI.2026), y pidámosle con fe y confianza: Sagrado Corazón de Jesús, dame un corazón semejante al tuyo.