En las ciudades con fuerte identidad histórica, las plazas no son solo espacios urbanos: son escenarios simbólicos donde se ensaya, año tras año, la cultura viva de sus habitantes. En Arequipa, ese papel lo encarna de manera emblemática la plaza de Armas de Arequipa, corazón cívico y cultural que, sin embargo, en los últimos años viene siendo cerrada durante las grandes festividades de la ciudad.
La medida, entendida desde criterios de seguridad y organización, plantea una pregunta de fondo ¿puede una plaza cumplir su función cultural si se restringe el acceso ciudadano precisamente en los momentos de mayor expresión colectiva? Las celebraciones públicas aniversarios, desfiles, serenatas no solo son espectáculos; son rituales de pertenencia donde la ciudadanía se reconoce y se reafirma como comunidad.
Cerrar la plaza implica transformar un espacio de encuentro en un escenario observado a distancia. Se pasa de la participación espontánea al consumo pasivo del evento. Y esa diferencia no es menor: la cultura urbana se fortalece cuando la gente ocupa el espacio público, no cuando lo contempla desde perímetros de seguridad.
En una ciudad cuyo orgullo identitario se asienta en su tradición cívica y su memoria histórica, la plaza mayor no debería convertirse en un recinto ocasionalmente inaccesible. La vitalidad cultural de Arequipa ha descansado, desde siempre, en la apropiación ciudadana de sus espacios centrales, especialmente dentro del Centro Histórico de Arequipa, donde cada celebración ha sido también un acto de convivencia.
No se trata de desconocer los desafíos logísticos de eventos multitudinarios, sino de repensar el equilibrio entre orden y participación. Una plaza cerrada puede ser funcional; una plaza abierta, en cambio, es culturalmente significativa. La gestión pública, en este sentido, tiene la tarea de diseñar estrategias que garanticen seguridad sin despojar a la ciudadanía de su principal escenario simbólico.
Porque cuando una ciudad limita el acceso a su plaza en sus días más festivos, corre el riesgo de convertir su cultura en espectáculo y no en experiencia compartida. Y las plazas, por definición, nacieron para ser vividas, no solo admiradas. Recuperar la plaza como espacio abierto significará recuperar también el sentido profundo de ciudadanía que sostiene nuestra identidad urbana compartida.