Arequipa tuvo una época dorada de destacados fotoperiodistas que vivieron el cambio de cámaras analógicas a digitales. En este transcurso nació una nueva generación de fotoperiodistas, entre ellos, Jorge Esquivel Zegarra, hijo del gran Jorge Esquivel Góngora. Lo que empezó con acompañar y observar a su padre, terminó en aprender a mirar el mundo a través de una cámara y capturar los momentos exactos de la historia de nuestra ciudad.
INICIOS. Nacido en 1979, Jorge Esquivel Zegarra, hijo de Jorge Esquivel Góngora y Angélica Zegarra, es uno de los fotoperiodistas, de 46 años, que vivió la transición de las cámaras analógicas a digitales. Sin embargo, su pasión por la fotografía inició en un camino un poco empedrado. Su gusto por las computadoras lo llevó a estudiar por tres años computación e informática.
Tras egresar, hizo sus prácticas y ahorró dinero. Sin trabajo y reorganizando su futuro y metas, su madre le insistió para que conozca el oficio de su padre: el fotoperiodismo. “Un día le dije a mi papá vamos, y me fui, y desde ese día que me fui ya no volví a regresar, me quedé en la fotografía”, recuerda con nostalgia Jorge Esquivel.
En este camino, donde recién aprendía a manejar una cámara, como sus primeros pasos, fue su padre don Jorge Esquivel Góngora, quien se convirtió en su primer maestro, enseñándole a cargar rollos, a medir la luz y a disparar solo cuando la escena valía. En 2003, con 23 años, comenzó en Arequipa al Día para ya no dejar jamás esta profesión.
Entre tantos recuerdos, destaca aquellos donde acudían al estadio con una cámara analógica de fotos a blanco y negro: con rollos, películas y lentes. “Las cámaras eran pesadas (eran de metal), tenías que cargar los lentes, y a parte los rollos, que tomaba máximo 30 a 35 tomas (…) En ese tiempo tenía que tomar las fotos precisas, 2 o 3 fotos a lo mucho”, recuerda.
Tras algunos meses trabajando junto a su padre, fue observado en el corso de Arequipa por el entonces jefe de fotografía de “Correo”, Fredy Salcedo, quien, tras preguntar por aquel joven con cámara en el hombro, descubrió que era hijo del gran Jorge Esquivel. En este medio su nombre empezó a sonar y es ahí donde se quedó por nueve años, desde el 2003 al 2012, aprendiendo a cubrir de todo.
Posteriormente, tras su paso breve por Noticias, trabajó para “El Pueblo”, donde lleva 13 años como reportero gráfico, logrando convertirse en uno de los testigos visuales más constantes de la Ciudad Blanca.
HISTÓRICO. Después comenzó a utilizar una de las primeras cámaras digitales en llegar a Arequipa: una Sony de plástico que “no pesaba mucho, tenía una pantalla para mirar las imágenes y un visor para colocar el ojo”. Así dejaba los aparatos analógicos con tomas en blanco y negro y un laboratorio donde eran reveladas.
Además, recuerda cómo su nueva cámara funcionaba con un CD pequeño (con una capacidad de entre 50 a 100 fotos) que se tenía que cargar, para tomar las fotos que se quedaban grabadas para después ser descargadas en computadoras. Contrario a la actualidad, donde las memorias tienen mayor capacidad.
ANÉCDOTAS. Entre las innumerables anécdotas en el fotoperiodismo, Jorge Esquivel destaca su ascenso al volcán Chachani tras reportarse un incendio que consumía todo a su paso. Ese día, subió con camisa, pantalón y zapatos de vestir. De un grupo de bomberos, hasta la cima solo llegaron a subir él, el comandante de los bomberos (Montoya Mogrovejo), y dos policías de rescate. Tras tomar las fotografías respectivas, ayudó a apagar el fuego, y ante la ausencia de agua, echó la tierra con las manos, junto a las tres personas, logrando apagar la mayor parte de las llamas.
Tras horas de trabajo, procedieron a descender a las faldas del volcán a oscuras, guiados solo por la luz de emergencia de uno de los carros de los bomberos y la luna llena. Sin embargo, en el transcurso casi caen a una pendiente. Con el cuerpo cansado, lleno de polvo y humo, pero con las fotos exactas, llegó alrededor de las 23:00 horas a su medio, esas fotos fueron portadas al día siguiente. Para Jorge, este es el tipo de historia que solo se cuenta desde el lugar de los hechos.
PANDEMIA. Asimismo, recuerda otro de los episodios más trágicos de Arequipa y que mantuvo en emergencia el mundo: la pandemia de la covid-19. La Ciudad Blanca, llena de vida, se volvió un desierto de calles vacías y hospitales llenos de camillas en los pasillos. Vio cómo en el hospital regional Honorio Delgado Espinoza, los autos se convirtieron en camas y los balones de oxígeno se custodiaban como tesoros, ya que además de ser un medio para vivir, valían incluso hasta seis veces su precio.
Fotografió largas filas que rodeaban cuadras del Parque Industrial, donde la gente rogaba por un balón de oxígeno para que su ser querido pudiera seguir viviendo. También cuenta cómo fue cubrir las protestas por Tía María en la ciudad, donde manifestantes sacaron adoquines de la plaza de Armas en medio de un conflicto entre la Policía y bombas lacrimógenas. Mientras que en Islay y Mollendo se registraban muertos, en Matarani se incendió un bus interprovincial “Del Carpio”.
Esta medida de protesta, que se alargó por varias semanas en la región y que terminó con varios muertos, heridos trasladados en helicópteros, bloqueos de carreteras, entre otros, quedaron registrados en la cámara de Jorge Esquivel. Sus fotografías llegaron a la agencia EFE, llevando el conflicto del sur del Perú a medios internacionales. Debido a su destacada labor fue nombrado presidente de la Asociación de Fotoperiodistas y Reporteros Gráficos del Sur en 2024.
Hoy, con 46 años, Jorge Esquivel, sale a las calles de la ciudad con su cámara. Pasó de los rollos de 35 tomas a las tarjetas de memoria, pero manteniendo la misma regla que le fue enseñada por su padre: disparar solo cuando vale la pena. Desde hace más de 20 años, Arequipa tiene quien la mire, la espere y la guarde en un encuadre preciso.