Hay amores que no conocen distancias. Amores que no se cansan, que no se rinden y que siguen avanzando incluso cuando la esperanza parece haberse agotado.
Don Neptalí Neyra Pusma, un agricultor de 64 años de Cajamarca, descubrió que el amor de un padre puede recorrer más de 2 mil kilómetros, dormir con la incertidumbre como compañía y caminar por calles desconocidas durante semanas con una sola idea en la mente: encontrar a su hijo.
Y lo encontró.
Pero no como imaginó.
REENCUENTRO. La mañana del 21 de abril, a las 10:45 horas, después de más de un mes de búsqueda, halló a José Eduardo Neyra Saucedo, de 19 años, quien permanecía desaparecido desde el 19 de marzo. No estaba en un hospital, ni en una institución, ni bajo el cuidado de alguien.
Estaba recostado entre la basura de una calle arequipeña.
Aquel joven era el mismo hijo que había dejado Cajamarca lleno de ilusiones para servir a la patria.
SUEÑOS. José, el quinto de siete hermanos, partió el 20 de enero rumbo a Arequipa para realizar el servicio militar en el cuartel Coronel Arias Aragüez de Tingo, en Tiabaya. Para su familia era el inicio de una nueva etapa, una oportunidad para crecer y construir su futuro.
Sin embargo, apenas 49 días después, todo cambió.
Según relata don Neptalí, le comunicaron que su hijo había sido dado de baja por presuntos problemas mentales.
La noticia fue dolorosa. Pero más dolorosa aún fue la forma en que ocurrió.
“Lo han botado como un animal silvestre. Hasta un animal tiene dueño. ¿Por qué no me llamaron para recogerlo?”, recuerda con profunda tristeza.
Un familiar logró embarcarlo con dirección a Lima y avisó a la familia. Don Neptalí lo esperó con ansiedad convencido de que pronto volvería a abrazarlo.
Pero José nunca llegó.
Y comenzó la peor pesadilla de su vida.
Sin pensarlo dos veces dejó las chacras, el trabajo y la tranquilidad de su hogar. Viajó hasta Arequipa y empezó una búsqueda desesperada. Tocó puertas en el cuartel exigiendo respuestas. Recorrió dependencias policiales. Caminó por calles, avenidas y distritos que jamás había visto.
Los días se hicieron eternos y el dinero comenzó a agotarse.
La incertidumbre pesaba cada vez más.
“Yo me estaba desanimando. Los días parecían eternos y la plata se me estaba acabando. A pesar de ello decidí seguir buscándolo”, señaló.
Y siguió. Porque los padres conocen algo que la desesperanza desconoce: la capacidad de seguir adelante cuando ya no quedan fuerzas.
Hasta que una mañana, mientras caminaba por la avenida Goyeneche, algo llamó su atención.
“Vi a un muchachito durmiendo en plena calle. Lo agarré, pero no me reconoció. Tuve que decirle: ‘Soy tu papá, hijito’. Recién me reconoció y se acercó”, recuerda con nostalgia.
Todavía hoy se le quiebra la voz al recordar ese momento.
Aquel abrazo puso fin a la búsqueda.
Pero dio inicio a otra batalla.
BATALLAS. Don Neptalí lo llevó al hotel donde se hospedaba. Lo bañó, le dio comida y ropa limpia. Esa misma tarde emprendieron viaje hacia Lima. Durante el trayecto comprendió que aquel muchacho ya no era el mismo joven deportista, tranquilo y estudioso que había partido meses atrás.
“Se me quería escapar. Se sacaba las zapatillas, los pasadores y se amarraba las manos y los pies. No entendía qué estaba pasando”, señaló.
Vinieron entonces los exámenes, los medicamentos, las consultas y las evaluaciones psiquiátricas.
En uno de los momentos de mayor lucidez, José pronunció una frase que hasta hoy persigue a su padre.
“Me han pegado mucho en mi cabeza... se jodió mi mente”, señaló Jose.
Las tomografías no mostraron lesiones físicas de gravedad, pero el joven quedó bajo tratamiento especializado en salud mental. Desde entonces, según su familia, nunca volvió a ser el mismo.
Mientras las explicaciones siguen pendientes y las investigaciones continúan, don Neptalí libra una lucha silenciosa.
ACTUALIDAD. Hoy ambos viven nuevamente en Cajamarca. Pero la vida cambió por completo.
El agricultor dejó el arado, las chacras y gran parte de su trabajo para convertirse en cuidador de tiempo completo de su hijo. Sus días transcurren vigilando que no se escape, acompañándolo en sus crisis y procurando que nunca le falten alimentos ni medicamentos.
“Como padre estoy triste y preocupado por mi hijo. La plata que gano es para su leche, su comida y sus medicinas”, menciona con la voz pausada.
Hay días en que José abandona la vivienda sin avisar y son los vecinos quienes ayudan a orientarlo para que regrese. Otras veces rompe objetos impulsivamente. Sin embargo, su padre jamás pierde la paciencia.
“Déjenlo a su hermanito. ¿Cómo lo van a maltratar? Trátenlo con cariño, él sí entiende”, reitera.
La frase que más le duele recordar llegó una tarde cualquiera.
“¿Para qué me has traído acá? Mejor me hubiese gustado morir allá”, comentó su hijo.
Don Neptalí guarda silencio cada vez que la recuerda.
Pero no se rinde. Porque si recorrió más de 2000 kilómetros para encontrar a su hijo, también recorrerá todo lo que haga falta para seguir cuidándolo.
Quizá no pudo devolverle la vida que tenía antes, quizá nunca obtenga todas las respuestas que busca. Pero hay algo que José jamás perdió en el camino. A su padre.
Ese varón que cruzó medio país para encontrarlo y que hoy sigue haciendo lo mismo que hizo desde el primer día: quedarse a su lado.
AYUDA. El cuidado de José demanda medicamentos, alimentación especial y atención constante, gastos que la familia afronta con muchas dificultades. Quienes deseen brindar apoyo a don Neptalí Neyra para continuar con el tratamiento de su hijo pueden hacerlo mediante Yape al número 945 795 606.
Porque aunque la búsqueda terminó aquel día en una calle de Arequipa, la batalla de este padre por el bienestar de su hijo continúa todos los días.