El golpe fue demasiado duro y las consecuencias no tardaron en llegar. Italia, una de las selecciones más históricas del fútbol mundial, volvió a quedarse fuera de una Copa del Mundo, esta vez rumbo al Mundial 2026, desatando una crisis institucional que terminó con la renuncia de Gabriele Gravina, presidente de la Federación Italiana de Fútbol.
La presión era insostenible. Tras una campaña irregular en las clasificatorias, marcada por resultados decepcionantes y un rendimiento muy por debajo de las expectativas, las críticas apuntaron directamente a la dirigencia. La falta de un proyecto sólido, decisiones cuestionadas y la incapacidad de reconstruir una selección competitiva fueron factores determinantes en el desenlace.
El fracaso resulta aún más doloroso si se considera el contexto reciente: Italia ya había quedado fuera de Copa Mundial de la FIFA 2018 y ahora repite la historia en el camino hacia Copa Mundial de la FIFA 2026, profundizando una de las etapas más críticas de su historia futbolística.
La renuncia de Gravina marca el inicio de una reestructuración urgente. En Italia se habla de cambios profundos que van desde la dirección técnica hasta el sistema de formación de talentos, en un intento por recuperar la identidad y competitividad perdida.
La Azzurra vuelve a tocar fondo y ahora enfrenta su partido más difícil: reconstruirse desde cero para no seguir viendo los mundiales por televisión.